Gustavo Magdalena, licenciado en Dirección y Supervisión de
Instituciones Educativas por la Universidad Católica Argentina, nos brinda una
excelente propuesta a la hora de encarar nuestra labor como educadores que
buscan una educación integral.
“Una pedagogía de la educación”. Así nombra Magdalena su
propuesta educadora.

En una nota publicada en la revista Criterio (nº 2403, de mayo
de 2014) aclara que “En mi libro El espíritu del educador señalaba que
“una educación integral supone
favorecer el crecimiento de habilidades sociales y de aquellos aspectos
personales que hacen a la socialización. El fin de la buena educación no se
agota en la preparación de hombres y mujeres competitivos para el mercado, sino
que es auténticamente integral cuando impulsa a cada individuo al servicio, al
cuidado del prójimo y del bien común. La apertura hacia quienes nos rodean, la
preocupación por el destino de la comunidad, el deseo de aportar el talento
propio para el progreso y la equidad de una nación y del mundo, forman parte de
las metas irrenunciables que toda educación que se precie procura
favorecer en sus alumnos”. La educación de la sensibilidad y el ejercicio de la
compasión son pasos imprescindibles para la construcción de una vida plena, aún
cuando muchos perciban que los jóvenes “no tienen ganas de hacer proyectos de
vida”, dato que debe tenerse muy presente a la hora de
elaborar acciones educativas”.
A continuación
desarrolla lo que para él significa la pedagogía de la compasión.
“La pedagogía de la
compasión
Tenemos que educar la sensibilidad de los alumnos dentro de
lo que llamo pedagogía de la compasión, un elemento central y decisivo. Compadecerse significa “compartir la
desgracia ajena, sentirla, dolerse de ella”. En el libro antes citado afirmé
que “la compasión supone compartir, asumir el dolor y acompañar a quien sufre.
Es por lo tanto una toma de posición de toda la persona. No es un ejercicio
intelectual ni una disquisición filosófica o política, aunque no las descarta
ni las anula”.
Uno de los
referentes de la ética del cuidado, Nel Noddings, ha señalado que existen
cuatro componentes pedagógicos para favorecer las relaciones de ese tipo en la
escuela:
-Modelar: El primero que debe dar ejemplo en
las habilidades de cuidado es el propio docente: el manejo de las emociones, la
comunicación y el reconocimiento de la responsabilidad de las propias acciones.
Esto exige del docente autoobservación y reflexión continua sobre sus prácticas
de relación. El educador se compadece de un alumno con dificultades
intelectuales y le brinda apoyo especial y nuevas oportunidades, por ejemplo.
-Dialogar:
para constatar la pertinencia de las propias acciones. Conocer y comprender al
otro, aprender de sus intereses, expectativas, dificultades. Y, por
supuesto, aprender a escuchar, tópico prácticamente inexplorado en la propuesta
escolar tradicional.
-Practicar:
poner en acción sus habilidades de cuidado. La primera de ellas es la
resolución de conflictos: enseñar que el conflicto es inevitable, pero
que se puede manejar. Aprendizaje en conciliación, toma de decisiones, cómo
entender al contrario, cómo amarlo, para juntos construir un mundo mejor.
-Confirmar: afirmar y estimular lo mejor de
cada uno. Actitud de confianza del docente.
La
pedagogía de la compasión no es una simple técnica para el manejo de grupos o
para solucionar problemas, sino que puede transformar la forma en que se
relacionan los alumnos. El otro, el semejante, no es un accidente en nuestra
vida, sino parte necesaria de ella. A partir del reconocimiento del otro, la
pedagogía de la compasión debe favorecer el desarrollo de las cualidades para
compartir, entre ellas la sensibilidad, para captar riquezas, debilidades,
matices, estados de ánimo, posibilidades, situaciones de vida. También debemos
cultivar en nuestros alumnos la atención, para “saber leer” lo que le pasa al
prójimo. Por último, desarrollar el compromiso personal con el otro, lograr que
cada alumno se pregunte “qué puedo hacer por el que sufre”.
El tercer paso
es descubrir que el sufrimiento de los demás no me es indiferente, que cada uno
tiene algo que hacer y qué decir frente al sufrimiento del prójimo. Entra a
jugar el concepto de necesitado, de pobre. El pobre no es una idea romántica,
sino un ser humano que sufre y sobre el cual se tiene que volcar la compasión
de sus semejantes, acompañarlo, procurar colaborar frente a su dolor. El pobre
es aquel que sufre, aquel que debe motivar la compasión de sus pares. Puede ser
un compañero aislado o burlado, un hermano incomprendido, un padre abatido, un
mendigo abandonado, un desempleado, un marginado por un sistema insensible. La
pedagogía de la compasión desemboca en el servicio hacia el pobre, que es
entrega generosa y que se expresa a través de experiencias concretas y
progresivas.
De esta
forma, la educación cumple con su función de humanización. Ya en el Génesis se
plantean las dos preguntas antropológicas más importantes: ¿quién es el hombre?
y ¿quién es mi prójimo? Estas preguntas, que encierran las dos grandes
preocupaciones de toda persona, se vuelven a pronunciar cada día en cada
escuela. Y se responden cada día y en cada escuela.
La primera
pregunta fue respondida por el propio Dios en su acto creador: “Hizo al hombre
y a la mujer a su imagen y semejanza”. La segunda pregunta, en cambio, la
hizo el propio Dios: “Caín, ¿dónde está tu hermano?”. Sabemos la respuesta de
Caín, repetida hasta el hartazgo a lo largo de la Historia y actualizada por la
indiferencia, el individualismo y el desinterés por el prójimo. La pedagogía de
la compasión procura que la respuesta al interrogante divino que podamos dar
docentes y alumnos sea “aquí, conmigo”. Por ello el papa Francisco
insiste, desde la homilía de la misa del inicio de su ministerio, en que todos
“seamos custodios de la creación, del designio de Dios inscrito en la
naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos
de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro”.”
Esta es la propuesta que nos hace Gustavo Magdalena. Todo un
desafío. Y muy necesario si tenemos en cuenta que estamos formando a personas.
Y en ese proceso, a nosotros nos toca la responsabilidad de dar lo mejor de sí,
los elementos necesarios.