viernes, 3 de julio de 2015

Hacia una buena educación.


Gustavo Magdalena, licenciado en Dirección y Supervisión de Instituciones Educativas por la Universidad Católica Argentina, nos brinda una excelente propuesta a la hora de encarar nuestra labor como educadores que buscan una educación integral.

“Una pedagogía de la educación”. Así nombra Magdalena su propuesta educadora.
 
En una nota publicada en la revista Criterio (nº 2403, de mayo de 2014) aclara que “En mi libro El espíritu del educador señalaba que “una educación integral supone favorecer el crecimiento de habilidades sociales y de aquellos aspectos personales que hacen a la socialización. El fin de la buena educación no se agota en la preparación de hombres y mujeres competitivos para el mercado, sino que es auténticamente integral cuando impulsa a cada individuo al servicio, al cuidado del prójimo y del bien común. La apertura hacia quienes nos rodean, la preocupación por el destino de la comunidad, el deseo de aportar el talento propio para el progreso y la equidad de una nación y del mundo, forman parte de las metas irrenunciables que  toda educación que se precie procura favorecer en sus alumnos”. La educación de la sensibilidad y el ejercicio de la compasión son pasos imprescindibles para la construcción de una vida plena, aún cuando muchos perciban que los jóvenes “no tienen ganas de hacer proyectos de vida”, dato que debe tenerse muy presente a la hora de elaborar acciones educativas”.
A continuación desarrolla lo que para él significa la pedagogía de la compasión.

“La pedagogía de la compasión

Tenemos que educar la sensibilidad de los alumnos dentro de lo que llamo pedagogía de la compasión, un elemento central y decisivo. Compadecerse significa “compartir la desgracia ajena, sentirla, dolerse de ella”. En el libro antes citado afirmé que “la compasión supone compartir, asumir el dolor y acompañar a quien sufre. Es por lo tanto una toma de posición de toda la persona. No es un ejercicio intelectual ni una disquisición filosófica o política, aunque no las descarta ni las anula”.

Uno de los referentes de la ética del cuidado, Nel Noddings, ha señalado que existen cuatro componentes pedagógicos para favorecer las relaciones de ese tipo en la escuela:

-Modelar: El primero que debe dar ejemplo en las habilidades de cuidado es el propio docente: el manejo de las emociones, la comunicación y el reconocimiento de la responsabilidad de las propias acciones. Esto exige del docente autoobservación y reflexión continua sobre sus prácticas de relación. El educador se compadece de un alumno con dificultades intelectuales y le brinda apoyo especial y nuevas oportunidades, por ejemplo.

-Dialogar: para constatar la pertinencia de las propias acciones. Conocer y comprender al otro, aprender de sus intereses, expectativas, dificultades. Y, por supuesto, aprender a escuchar, tópico prácticamente inexplorado en la propuesta escolar tradicional.

-Practicar: poner en acción sus habilidades de cuidado. La primera de ellas es la resolución de conflictos: enseñar que el conflicto es inevitable, pero que se puede manejar. Aprendizaje en conciliación, toma de decisiones, cómo entender al contrario, cómo amarlo, para juntos construir un mundo mejor.

-Confirmar: afirmar y estimular lo mejor de cada uno. Actitud de confianza del docente.

La pedagogía de la compasión no es una simple técnica para el manejo de grupos o para solucionar problemas, sino que puede transformar la forma en que se relacionan los alumnos. El otro, el semejante, no es un accidente en nuestra vida, sino parte necesaria de ella. A partir del reconocimiento del otro, la pedagogía de la compasión debe favorecer el desarrollo de las cualidades para compartir, entre ellas la sensibilidad, para captar riquezas, debilidades, matices, estados de ánimo, posibilidades, situaciones de vida. También debemos cultivar en nuestros alumnos la atención, para “saber leer” lo que le pasa al prójimo. Por último, desarrollar el compromiso personal con el otro, lograr que cada alumno se pregunte “qué puedo hacer por el que sufre”.

El tercer paso es descubrir que el sufrimiento de los demás no me es indiferente, que cada uno tiene algo que hacer y qué decir frente al sufrimiento del prójimo. Entra a jugar el concepto de necesitado, de pobre. El pobre no es una idea romántica, sino un ser humano que sufre y sobre el cual se tiene que volcar la compasión de sus semejantes, acompañarlo, procurar colaborar frente a su dolor. El pobre es aquel que sufre, aquel que debe motivar la compasión de sus pares. Puede ser un compañero aislado o burlado, un hermano incomprendido, un padre abatido, un mendigo abandonado, un desempleado, un marginado por un sistema insensible. La pedagogía de la compasión desemboca en el servicio hacia el pobre, que es entrega generosa y que se expresa a través de experiencias concretas y progresivas.

De esta forma, la educación cumple con su función de humanización. Ya en el Génesis se plantean las dos preguntas antropológicas más importantes: ¿quién es el hombre? y ¿quién es mi prójimo? Estas preguntas, que encierran las dos grandes preocupaciones de toda persona, se vuelven a pronunciar cada día en cada escuela. Y se responden cada día y en cada escuela.

La primera pregunta fue respondida por el propio Dios en su acto creador: “Hizo al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza”. La segunda pregunta, en cambio, la hizo el propio Dios: “Caín, ¿dónde está tu hermano?”. Sabemos la respuesta de Caín, repetida hasta el hartazgo a lo largo de la Historia y actualizada por la indiferencia, el individualismo y el desinterés por el prójimo. La pedagogía de la compasión procura que la respuesta al interrogante divino que podamos dar docentes y alumnos sea “aquí, conmigo”.  Por ello el papa Francisco insiste, desde la homilía de la misa del inicio de su ministerio, en que todos “seamos custodios de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro”.”

Esta es la propuesta que nos hace Gustavo Magdalena. Todo un desafío. Y muy necesario si tenemos en cuenta que estamos formando a personas. Y en ese proceso, a nosotros nos toca la responsabilidad de dar lo mejor de sí, los elementos necesarios.    

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